domingo, 03 de junio de 2007
Tarde o temprano, aparecerá el cadáver de Maddie en el sótano de algún pederasta psicópata, valga la redundancia, y este público enigma tocará a su fin. Es lo más probable porcentualmente cuando desaparece un niño en tales circunstancias, pero, mientras tanto, seguirán surgiendo hipótesis que alimenten la necesidad de misterio de la audiencia. Anónimos comunicantes habrán de asegurar que la pequeña secuestrada circula fugitiva por diversos puntos del planeta en manos de tal o cual siniestro individuo con gafas oscuras y gabardina; las mentes de ciudadanos medios de todo el mundo, ávidas de aventuras policíacas que les hagan olvidar el tedio de la diaria rutina, tejerán fantasías que entretengan la esperanza de los padres y den material al periodismo más morboso durante unas semanas hasta que se descubra la realidad sórdida de una violación y un asesinato chapucero, pocas horas después de la desaparición de la pequeña británica en las inmediaciones del complejo turístico del Algarve donde fue raptada o, simplemente, a falta de hallazgo, el presunto secuestro dejará de ser noticia desbancado por otro siniestro de mayor novedad o enjundia en las páginas de sucesos sobre el que pueda especular la opinión pública -ya casi se comenta más el caso de la asesina de ancianas-.

En tiempos de monotonía informativa, el público busca emociones en la crónica negra. Así se explica que `El caso´, aquella siniestra publicación de época franquista, tuviese tan gran éxito de ventas entre los lectores de quiosco. O que en esta sosísima mediocridad que representa el actual panorama político, haya más audiencia para los programas necrofílicos que celebran el primer aniversario de la muerte de Rocío Jurado o informan sobre las imágenes que recrean la agonía de Lady Dy que para aquellos espacios destinados a comentar el resultado de las elecciones municipales. Por más que haya quien se obstine en encontrar algo de determinante y fatal en dichos resultados, tales como que ilustran el fracaso definitivo de la izquierda en España y no sé qué otras profecías apocalípticas por el estilo. Quedamos en que en las municipales se votaban personas y no partidos y ahora nos vienen con estas; conque los ciudadanos, pongamos en Málaga, han votado en contra del Gobierno socialista y su política en el País Vasco y no a favor de la buena gestión de Francisco de la Torre como alcalde. Algo que no habla muy bien de los ciudadanos malagueños y menos del propio Francisco de la Torre a quien, con tal argumento, se le opaca cualquier mérito en su actuación consistorial, que, me consta, es bastante valorada y respetada incluso por los votantes de izquierda en las elecciones generales. Tanto es así que muchos de ellos, explícita o implícitamente, han optado por su continuidad o bien a través de las urnas o bien mediante la abstención que es también un modo de dar el visto bueno en plan de que quien calla otorga. La decisión del pueblo malagueño, claramente unánime como se puede leer por la diferencia de concejales, ha tenido que ver más con la pragmática de lo tangible que con el sentido abstracto, cada vez más, de cualquier ideología. De modo que no; no creo que las municipales en Málaga las haya perdido Zapatero, ni las interpreto tampoco como un fracaso de Marisa Bustinduy y, mucho menos, de la izquierda en bloque. Leo, más bien, en los resultados el claro triunfo del sentido común y una victoria personalísima de Francisco de la Torre, quien, sin ser perfecto, sabe llevar la alcaldía con sensatez; lo cual no pasa desapercibido a un electorado que no es tonto. Y, vamos, que no creo que quien estas líneas escribe pueda ser tachada de pasarse a la derecha por sostener una afirmación semejante.

Me parece de todas insensato, en la política o en el fútbol, sumarse a tal o cual gran equipo o partido, sean quienes fueren los jugadores o los componentes de sus listas; asumiendo así la obligación de defender cada una de sus actuaciones o declaraciones por más que estas sean, en ocasiones, indefendibles. Distingo entre personas que votan responsablemente e hinchas quienes hacen de la política una guerra persiguiendo la emoción de la victoria y la humillación del derrotado. Se adscriben a un gran partido como a un gran equipo, sea el Madrid o el Barcelona, para ganar de vez en cuando hasta que los vaivenes de la liga o la democracia les vuelva a adjudicar las hieles de la derrota y hayan de padecer en carne propia la ineptitud de un entrenador o un presidente. Ni vencedor, ni vencido; soy votante.
Publicado por gallo87 @ 15:34
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